Hélices

Cuando Daniel Santos cantaba, "Bigote é Gato es un gran sujeto/que vive allá por el Luyanó" era como si la municipalidad habanera estuviera ahí al lado de San Juan. Porque lo estaba. Cuba le pertenecía a Santos igual que él le pertenecía a Cuba. México también estaba al lado. Y Nueva York. Como apuntó Benítez-Rojo, la isla se repite más allá del Caribe. Un continuo cultural no sólo sin fronteras sino sin espacios divisorios. Salir de casa en Puerto Rico y beam down en Cuba. Para asistir cualquier noche a un motivito en la Bodeguita del Medio.

La mayor de las Antillas se desprendió algo de esa geografía mágica cuando se impuso el marxismo. No toda, pero un ingrediente principal en la cola que nos mantiene pegados es el capitalismo. La música que se vende en una region pos-geográfica que abarca Puerto Rico, República Dominicana, Nueva York y otros puntos del noreste americano, y Miami, la otra Cuba. Así, después de cruzar la República de norte a sur, llegué a Santo Domingo y vi a uno de mis más cercanos amigos de Nueva York en la puerta del Hilton, como esperándome para invitarme a una fiesta esa misma noche para el gran Victor Victor. Mi socio, cubano él, dicho sea de paso, trabajaba para la división de una disquera internacional que cubría precisamente esa geografía de la música y el comercio, y aunque no tenía idea alguna que yo estaba en Santo Domingo, tampoco se sorprendió de mi llegada. Total, si ese Hilton frente al malecón de la capital dominicana estaba pegadito a la Capital del Mundo, y anybody who's anybody en la farándula, la publicidad y las artes populares pasaba por su lobby.

Pero eso fue en otro país and besides my friend is dead. Es a mí, el sobreviviente de las noches de Team Cuba, de la nevada que caía en Las Vegas, a quien le ha tocado ver cómo se diluye esa cola, como todo se lo lleva el viento, como cada día que pasa sube más la marea. Como la isla parece que no se repite más. El Caribe has sido la primera víctima de proporciones bien visibles de la Sexta Extinción.

Bueno, exagero. Hipérbole caribeña. Barroco tropical. Tampoco quiero menospreciar el sufrimiento humano: esa gente es la mía. Pero mirándolo a vuelo de pájaro (no me vengan con cursilerías), la matriz de la región se va a la misma mierda. Digo la matriz porque pasarán si no mal de mil años un buen tiempito para que, digamos, Nueva York se extinga. Pero a las islas y a "la península", como dicen los cubanólogos, no les va ni les va a ir bien.

Siempre quise regresar. Llegué hasta Miami, ese trompe l'oeil. Había hecho un culto de mi nostalgia caribeña. Cada vez que caía una fruta en un texto de Carpentier, o alguien defendía el color azafrán profundo, o comía yo pargo frito en una playa, o repercutía una tambora, se raspaba una guacharaca o se le caía a mano abierta a los cueros, yo ponía una piedra (coral, sin duda) en el edificio de razonamiento estético que estaba construyendo. Con lo que no conté fue con el ciclón. O no el ciclón mismo sino el engendro de ciclos de ciclones que da el mare nostrum, recalentado como un mal café, y, dios iracundo, lo destruye todo.

Lo viví, eso sí. Vi a Bigote Gato pasearse en el Carnaval de La Habana, a Daniel Santos darse un palo en el escenario, a Celia ser grande, a todos los grandes de la salsa y el merengue. Compartí con muchos. ¿La Bodeguita del Medio? Era la bodega del barrio y yo prácticamente me crié en ella. Conocí a San Juan, y también el bien nombrado Aibonito. A Vieques. A Samaná. Viví el Caribe de Nueva York y el Caribe del Caribe. Monté bicicleta en la extensión del Malecón antes que se abriera al tráfico. Vi a los hombres vestidos de drill 100. Comí sancocho frente al mar en Cartagena.

El huracán pasó (hasta el próximo), pero el desastre está en pie. Por otras partes rugen vientos de  Apocalipsis. Pero los del Caribe me están más cerca. Ahí al lado.

La catedral y la cafetería

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Esto ocurrió hace años. No, espera. ¡Coño! Esto fue ya hace décadas. Todavía no vivía en Miami, pero iba con regularidad. Un día o una noche, no me acuerdo, iba en carro por la Calle Ocho y cuando llegaba al Versailles, la cafetería de rigor para los cubanos y el mejor café del pueblo, vi a los sospechosos de siempre afuera tomando su cafecito y despotricando, ciertamente sobre Cuba, Fidel, Cuba, Fidel, la eterna agenda. Los viejos, atascados en ritos del exilio que se repiten hasta la nausea o, como yo mismo escribí una vez, hasta que se mueran.

Pero algo no era igual. Pasé despacio y miré con más cuidado. Estos viejos llevaban el pelo un poco largo. Casi todos vestían jeans. ¡Ay caray! Pero si eran todos de mi generación, la de los hippies melenudos. Esos cabellos anacrónicamente largos eran blancos. Sí, eran los viejos. Como yo. Viejos R Us. Habíamos reemplazados a nuestros mayores enguayaberados porque estos quizás se habían muerto o habitaban casas de ancianos o ya no tenían fuerzas para salir a despotricar animados por café azucarado.

Pienso en aquel momento ahora que ha pasado más tiempo y puedo constatar que somos ellos, nosotros, ahora la última generación. La última en conocer "la Cuba de ayer", como reza el sentimentalismo. Muchos ya estamos enterrados. Otros a unos pasos de. ¿Y quién no padece de alguna enfermedad fulminante, sobrevivida por un rato gracias a la ciencia y el Medicare? Los viejos indeed. 

Total, ya Fidel estiró la pata. Su hermano sigue parado, pero no es ningún fiñe. En la patria han cambiado muchas cosas y no ha cambiado nada. Y para el mundo, ese mundo asquerosamente joven, Cuba es un theme park compuesto de ruinas barrocas y neoclásicas, transitado por la nostalgia, no del Caribe, sino de Detroit. En vano los viejos, los verdaderamente viejos como yo, publican en Facebook fotos y videos de esa Cuba de ayer. Pero cae en suelo estéril. Dudo que el asquerosamente joven mundo entienda lo que se les muestra. Algún que otro geek de la cubanidad quizás. 

Todo pasa. Everywhere. Ningún lugar es lo que fue. Y si lo parece ser, está tan abarrotado de turistas que borran todo esfuerzo de preservación. Cuando se rehabilitó el Hotel Inglaterra lo visité, sólo para ver a extranjeros en Bermudas, algunos con su jinetera al brazo, deshabilitando con su presencia todo ese esfuerzo de reanimación histórica. Y eso fue ya hace años. No he vuelto.

Donde sigo volviendo es al Versailles. No a despotricar, que nunca me ha gustado. A tomarme ese sublime cortadito con leche evaporada, y a veces una croquetica. Algún día tendrá que llevarme uno de mis hijos y me acercaré al mostrador en silla de ruedas. Pero todavía no. Manejo mi propio carro y me acerco a pie — cubano de a pie y a mucha honra. La patria que escojo no anda en almendrones — los viejos manejábamos esos carros en su época y preferimos la dulzura tecnológica de los nuevos. Aunque hay putería, como en todas partes, no existe ese apartheid del love for sale. No me ofende la presencia del turista. Allá, donde no vivo, sí. 

Y siendo ésta la Florida, donde hay mucho más mañana que ayer, no tenemos esas ruinas que comenta Ponte en el documental. Lo que se recuerda y añora es un pop de apenas medio siglo. La Catedral que yo veía desde un balcón del Palacio del Marqués de Aguas Claras está del otro lado del mar. No sé si la volveré a ver. No es lo mismo la Catedral y el Versailles. El destino me asignó éste en mi senectud, después de haberme regalado aquella en mi niñez. 

Havana vanities come to dust in Miami pero yo no tengo vanidad. Pasarán más de mil años. Ya pasaron. Digo yo.

A screaming comes across the sky

Cuando llegue el último despepingue (¿El mío? El de la humanidad? No sé. Los dos van por el mismo camino y a la misma vertiginosa velocidad), dudo que haya signos, portentos. Nunca fui adepto a leer los arcanos, y cuando los he leído, con frecuencia me han mentido, excepto una vez un fortune cookie que me dijo con exactitud lo que me había ocurrido esa tarde. Pero no estamos para cuentos chinos, aunque sí, el camino pasa por la China.

Me crié bajo la sombra del champiñón nuclear. Eso tan bonito que les regalamos a los japoneses y que ahora sus vecinos en la alucinada Corea del Norte también cultivan. Lo que no anticipábamos era que el jardinero iba a ser un muñequito, y no de Matanzas. Chaplin, quien representó tan bien al Führer, no sería capaz de hacerlo con este animé vivo. El ya es su propia caricatura. Y es el que se prepara para listos, apunten, ¡fuego!

¡Candela, señores, candela! De este lado, nuestro propio muñequito, de cabello igualmente estrambótico, juega a lo que nunca se vio en sus casinos. ¿Dónde está el Comandante Bond cuando se le necesita? Ese que es tan buen jugador como asesino? ¿Dónde está El Chacal? Sí, ya se. El primero es ficticio, el segundo está muerto. Si no supieron liquidar a Fidel, quien jugaba con cohetes prestados, ¿cómo van a hacerlo con este chino, perdón, coreano loco que es dueño y señor de sus cohetes, sus bombas y todo su país maldito por la historia.

Y eso que ni he mencionado a lo que vendría después, ya que sabemos que después del diluvio viene lo peor. ¿Una yihad coreana para imponer el pelo punk? Y eso que tampoco he mencionado a la yihad de verdad, la de los moros todavía resentidos por las Cruzadas. ¡Pinga! La historia no tiene fin hasta que no llegue el fin de la última película. ¿La mía? ¿La de la humanidad? Total, como dicen en Colombia, es la misma vaina.

Ay, Antonio Benítez, ¿dónde están tus negras con olor a albahaca y hierbabuena que te anunciaron la negación del Apocalipsis? Bajo mi balcón no pasan. Quizás porque no tengo balcón. O porque vivo en el Sur Profundo de Estados Unidos, que tú pensabas era tan Caribe como nuestra isla (irrepetible, dicho sea de paso) y ni las negras ni los negros transitan mucho por las mismas calles que los blancos (calla, extrañado compatriota, que en estos páramos ando guillado de blanco).

Aqui nadie anuncia que el fin no llegará. Que el despepingue no va ser de pinga. Y no veo manera que un niño negro anuncie a los blancos del oro/la llegada del tiempo de la espiga.

Hasta que te conoci

Vi a Juan Gabriel por primera vez en el DF a mediados de los ochentas. Trabajaba ya para el Village Voice en Nueva York pero todavía escribía una columna para Billboard, la revista de la industria discográfica. La disquera de Juan Gabriel me invitó a un concierto de su artista en el legendario El Patio, un club a la antigua donde todavía se servían comidas durante las presentaciones. 

Confieso que no sabía casi nada sobre el artista mexicano. Un cantante más, pensaba yo, terrible snob que apenas le hacía caso a los baladistas latinos cuyas carreras documentaba sin mucho entusiasmo en las páginas de Billboard. En aquel viaje le hice una entrevista a Lucía Méndez, no recuerdo por qué, aunque sí recuerdo un retrato desnudo en su sala que me miraba impudicamente mientras yo entrevistaba a la maja vestida. También en aquel viaje entrevisté a Octavio Paz para el Voice. Así era mi carrera entonces, saltando de monstruo en monstruo, fueran cultos o pop.

El Patio era francamente incómodo. Los asientos bastante apretados y la comida totalmente olvidable. Después de que se recogieron los platos comenzó el show. Yo estaba dispuesto a aburrirme. ¡Gran equivocación!

Juan Gabriel salió vestido de smoking, como un crooner, con una orquesta atrás, y comenzó a interpretar sus muchas (muchísimas, supe después) composiciones. Vaya, el tipo era bueno. Sobre todo me gustaba cómo jugaba con el machismo y la mariconeria. Sus canciones desafiaban al objeto de su amor con desprecio viril, y de pronto pasaban a otro nivel.

Esto se subrayó con más fuerza cuando Juanga, como supe más tarde le llamaban, dejó su atuendo de baladista y salió vestido de charro, acompañado por un gran mariachi. Más tarde también aprendí que sus "rancheras" requerían arreglos modernos de la orquestación del mariachi para acomodar las canciones. 

Despues de un despliegue de machismo, típico del género, Juan Gabriel cambiaba súbitamente de personalidad y en una voz muy gay decía, "¡Ay, qué rudo!" Qué tipo más listo, pensé. Qué bien juega con los estereotipos.

Pero no fue una ranchera lo que me ganó. De vuelta a la ropa de civil y con toda la orquesta, Juan Gabriel interpretó "Querida." Eso fue el acabose. La canción comienza como una balada, o más bien lo que los rockeros llaman un rock anthem -- un himno. Y como tal comienza a ganar impulso, pasando totalmente al rock, y como tal, no cantado tanto como gritado. Irresistible.

Juan Gabriel me ganó con su canción. La he cantado con un amigo en una fiesta, los dos totalmente borrachos y terriblemente desafinados, mientras que unos sofistos comemierda neoyorquinos nos miraban con horror -- mi amigo es un escritor mitad latinoamericano bastante famoso y los americanos no entendían cómo podía regodearse tan alegremente en el subdesarrollo.

¡QUERIDAAA!

Que noches aquellas, man. La de El Patio y la de la borrachera cantando a Juanga. Pasaron. Pasó el. Quedan las memorias y sobre todo sus canciones. Y sus lecciones. Debo hacerlo todo con amor.

Cabrío

Siempre quise ser macho. Crecí donde y cuando el vocablo apenas era peyorativo -- "guajiro macho" se usaba para designar un campesino demasiado bruto, pero por lo demás tenía un significado positivo. Aún hoy, "tremendo macho" es elogio entre mi gente. 

En mi adolescencia leí un artículo de revista mexicana que identificaba un mal nacional: el machismo. Yo ya había visto suficientes películas mexicanas para aceptar que esos tipos se caían a tiros por el menor agravio, aún más que los vaqueros americanos. Y ese era el mal que, según los sociólogos mexicanos citados en la revista, había que eliminar. El machismo era una masculinidad exagerada que resultaba en violencia entre hombres. La violencia de hombres con mujeres, mucho menos las costumbres opresivas con las mujeres, eso no estaba en el tablero.

Cuando descubrí el vocablo "chauvinismo" todavía indicaba un patriotismo irracional. Nada tenía que ver con género -- ni con costumbres hispanas: el tal Chauvin que lo inspiró era frances. Después vino el movimiento de liberación de las mujeres, el feminismo, y todo eso cambió.

¿Cambié yo? Algo, si, pero no mucho. Seguía, sigo, queriendo ser macho. Es decir, de físico imponente, de valentía impecable, de la confianza que los hombres disfrutan cuando saben que se podía destapar la violencia sin miedo a la lid y con seguridad de salir victorioso. De más está decir que todo eso es lo más lejos imaginable de mi realidad.

Sufro de bien diagnosticada ansiedad, cuyo nombre común entre hombres es cobardia. Ausente de los deportes toda mi vida, mi físico nunca fue imponente. Y la confianza en mí mismo es algo que nunca logré encontrar. Me he desenvuelto sin que muchos noten nada de esto. He caminado por mean streets utilizando estratagemas aprendidas para no revelar el miedo. He ido al gimnasio para que mi cuerpo no luzca totalmente patético. Y en algunos trabajos he podido recibir y despedir con cierta autoridad. En algunos. En otros la cagué.

Para colmo, mis gustos son maricones. El arte, la música, aún la moda. Me encanta Oscar Wilde. En realidad, me fascina la cultura gay, y me siento cómodo en ella, quizás porque ese subtexto de violencia que siempre vive entre los hombres heterosexuales se borra. No hay que ser macho. Uno se puede "partir", como llaman los míos a la desfachatez gay. Me distingue solo una cosa, que es, precisamente, la que distingue. Una obsesión de toda la vida con el sexo con hembras. Verlas, preferiblemente sin ropa. Tocarlas. Besarlas. Mamarlas. Hacerles el amor. Esto, como la ansiedad, como el desinterés por los deportes, lo he sentido desde muy pero muy niño, mucho antes de que supiera a donde iban esos deseos o que eran esas actividades.

¿Seré un maricon que le gusta templar con mujeres? Y que no tiene el más mínimo interés por hacerlo con hombres. En los empañados años de la contracultura terminé en cama un par de veces con una y con otro. Hice todo lo posible por poner cuerpo femenino entre yo y mi socio, limitando mi perversidad polimorfa a palmaditas de buen amigo que no decían nada más que un solidario right on, brother. También un par de veces terminé con una y con otra. ¡Qué gozadera!

Pero ya estoy muy viejo para tales peripecias, ni para preocuparme por mi masculinidad. Es el machismo, no las cuestiones de identidad, lo que persiste. Quizás también esté muy viejo para que se vaya. Trato de ser consecuente con las mujeres. Sé que no lo he logrado, sobre todo en las relaciones íntimas. Trato de vigilar mis prejuicios, pero se me esconden y después salen cuando menos los espero. Trato de ser justo, evolucionado. Pero lo que quiero es ser macho.

Machismo longus, vita brevis.

 

Paradiso

Mi hijo segundo es un sibarita. Como su padre. Tampoco tiene plata. Igual. (Hasta ahora a nadie en mi familia le ha dado por eso.) Y siempre se las ha agenciado para vivir en paraísos terrenales. 

Su primera salida de casa lo llevó a la Universidad de Colorado en Boulder, un pueblo precioso en medio de las Montañas Rocosas, donde, según su hermano mayor que también vivió allí cuando hacía su maestría, "todo el mundo es bello y nadie es gordo." Lo primero es porque la población estudiantil es naturalmente joven. Lo segundo porque todos practican deportes. Pero no hablo de los aburridos fútbol, béisbol y baloncesto. No, no. Deportes outdoors. Escalar rocas, montar bicicletas de montaña, camping. Cuando practican un deporte ordinario, digamos voleibol, es voleibol de playa -- ¡en medio de las montañas! Cubren un espacio con arena traída de alguna costa. Verdadera decadencia.

Se mudó a Miami Beach. A un apartamento en un simpático edificio Art Deco en el muy de moda barrio de South Beach. Después fue a Los Ángeles, donde compartió una de esas casas en los cañones alrededor de Hollywood con vistas extraordinarias que se desplomarán cuando venga el Gran Terremoto. El año que vivió allí, de administrador de un gimnasio donde iban grandes estrellas de cine, no se desplomó nada.

De ahí a Nueva York, compartiendo un loft en Soho, por supuesto, con un par de amistades. Y de vuelta a Miami, primero a una casa en el barrio que iba adquiriendo cachet en el norte de la ciudad y ahora otra vez en la playa, en un edificio lujoso venido a menos -- es decir, a buen precio -- pero con piscina, terraza y vistas del mar.

Y así vive. Mezcla de picaresco, bohemio y burgués. No está nada mal. Tiene toda la admiración de su padre, cuyos gustos e ingenio ha heredado y, hay que admitirlo, perfeccionado.

 

La siesta del carnero

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Mi familia materna es básicamente peninsular. Aunque la mitad de la generación de mi madre nació en Cuba, yo siempre los vi como españoles. De ahí, muchos de mis gustos y costumbres, como mi pasión por la cocina ibérica. La siesta pertenece a esa herencia, pero fue mantenida con tanto entusiasmo – si se le puede llamar entusiasmo al letargo – por los criollos que ya es tanto de una orilla como de la otra.

Ah, pero mi familia peninsular cultivaba ese desmayo diurno con gustos exquisitos. No recuerdo cuando primero oí hablar de “la siesta del carnero.” Lo que si se es que nunca vi a un criollo – mi padre o uno de mis tíos paternos – tomarla. La siesta del carnero, me decía mi mamá, era la de la media o tardía mañana. Uno se despierta; desayuna a lo latino, es decir café con leche y pan con mantequilla; y después de las faenas matutinas, se tira en la cama un rato a descansar, a dormir, antes de regresar a las faenas y eventualmente al almuerzo.

Siempre me ha parecido esta costumbre de una decadencia exquisita. Decadencia popular, que son las mejores. Cualquier ricachón se puede dar cualquier gustazo. Pero cuando el pueblo muestra tales refinamientos es mucho más delicioso. En fin, que a mí también me gusta la siesta del carnero, aunque no la he practicado mucho.

La siesta era un tormento en mi niñez. Bueno, exagero. Un aburrimiento. Yo no quería quedarme dormido, pero no había nada que hacer. Afuera de mi cuarto sonaba la radio – música tal vez o una novela – y a veces el trapeador, un sonido que me trae a la mente mi niñez: tela mojada cayendo sobre losa. Pero yo no quería dormir.

Mis mayores si dormían. Recuerdo a mi tío paterno, en días que yo pasaba en casa de mi abuela, donde él vivía, llegar del trabajo y tirarse en la cama después de almorzar. Me llamaba la atención que solo se había quitado el saco y zafado la corbata. Todo lo demás de su atuendo quedaba en su lugar. Criollo él, nunca se daba el gusto de la siesta matutina. Tampoco vi a nadie de mi familia materna, donde originaba esa costumbre, tomarla. Pero la historia, la leyenda, el mito, eso sobrevivió y sobrevive en mi imaginación.

Gracias a una profesión de horas flexibles, o quizás impredecibles, he podido en algunas épocas tomarme la siesta de la tarde, la típica, la hispana. Y se ha descubierto que es sana, quizás hasta necesaria para la buena salud. Al contrario de mi niñez me gusta tomar una siesta. Y admito que en ciertas épocas de embriaguez romántica, ir a cama por la tarde tomaba otros matices.

Hace más de dos años que vine a vivir con mi mamá, ya muy mayor, y hacía que ella me contara sobre su familia. Regresó el cuento de esa legendaria siesta. Y yo, en mañanas que había madrugado después de no haber dormido bien, me tiraba a dormir la siesta del carnero. Ella misma me decía que lo hiciera si veía que me hacía falta. Y yo le obedecía.

En abril del año pasado, mi madre falleció. Y desde entonces no tomo más la siesta del carnero.

Aquí donde usted me ve

Junio 1, 2013

Hay épocas y lugares en los que no ser nadie es más honorable que ser alguien. --Carlos Ruiz Zafón. El prisionero del cielo.

 ¿Me he jubilado? Si. No. Es complicado. Según ciertas señas de identidad gubernamentales y corporativas, si. Pero no me considero jubilado. ¿Estoy desempleado? Bueno, si. Igual que muchos periodistas que pronto seremos la mayoría. Pero igual que mis colegas sigo trabajando. Freelancer para varias instituciones, entre ellas mi propio periódico, entregando los mismo artículos que redactaba cuando estaba en la nómina – con grandes ahorros para mis antiguos jefes. Y aprovecho esta vuelta de la Rueda de la Fortuna para abordar proyectos propios, entre ellos este blog, palabra que un viejo amigo me decía sonaba a vómito. Leyendo algunos ejemplos del género, creo que mi amigo, que no los lee, intuyó lo cierto. Quizás este también sea vomitivo. Me disculpo por la grosería. Es el siglo.

Del cual sí estoy definitivamente batiendo una retirada. Sonó la trompeta. ¡Sálvese el que pueda! Lejos soy de los sabios que Fray Luis emulaba, pero, como él, abrazo y celebro la vida retirada. No monástica, exactamente. Pero sí apartada, rural. Por las noches truena la discoteca de anfibios que puebla esta esquina del mango de sartén de la Florida. A sus compases bailo, aunque solo dentro de mi cabeza. Por fuera estoy tranquilito. Con júbilo interior y retiro exterior

¿Me he jubilado? No. ¿Me he retirado? Si.

Todas las tardes cumplo con la tarea de servir alimento en el gallinero de mi cuňado a treinta gallinas y un gallo viejo con quien converso en buen cristiano, pues soy de la opinión que las bestias prefieren nuestro idioma y lo entienden perfectamente, no importa en que país pisen o piquen. Hace unos meses le metieron un gallo joven de vecino. Gallardo, valga la redundancia. No dejaba en paz a las emplumadas féminas, que cacareaban, quizás de placer – yo me crié niño urbano y no entiendo de esas cosas. Pero el tenorio era también guapo de barrio; se pasaba el día acosando al viejo y no lo dejaba ni comer, él que otra cosa ya no sabría hacer a pesar de la presencia abrumadora del sexo opuesto.

Me había encariñado con el viejo, seguramente por solidaridad, y le apodaba Compay Gallo. A veces tenia que espantar al joven abusador, que se me reviraba y venía hacia mi con aires machistas. Yo le aconsejaba que guardara distancia, pues mi madre, que vive aquí, prepara un fricasé para la historia. Un día se le encaró a mi hermana, quien le dijo a su marido que o el gallo o ella. Al día siguiente viajó el viril plumífero en el camión de mi cuñado, las patas amarradas y con esa tristeza en los ojos que he visto en los pet shops putativos de Miami donde se compran gallos y otras alimañas para alimentar a los santos.

Ahora cuando voy, veo a Compay Gallo plácido, disfrutando su retiro con júbilo y sin amenazas, aunque probablemente con limitados placeres. No sé. Las hembras siguen poniendo huevos – exquisitos, dicho sea de paso – y no estoy seguro si eso se debe al instinto de las gallinas o a la presencia del gallo, aunque sin la intimidad de éste. Dada las fulminante maniobras del gallo joven, tampoco sabría si esa intimidad es de añorar, pues mas parecía violencia que ternura, mal comportamiento también entre algún varón de mi especie. Yo veo feliz a Compay Gallo, el que nunca me correrá por la guardarraya. Él tiene sus gallinitas. ¿Yo? Ah, lector hipócrita, mi semejante, mi hermano, este es un blog no una confesión, que esa ya ni a los curas. Pero sigue leyendo. Sabe Dios o el Diablo que aventuras contaremos